“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” — Santiago 1:2-4
¿Gozo en la prueba? La madurez que Dios busca en ti
Seamos honestos: a nadie le gusta pasar por problemas. Cuando nos ahogan las deudas, nos ataca la enfermedad, el desempleo o las crisis familiares, nuestra reacción natural es la queja, el enojo o la desesperación. Nos pasamos la vida pidiéndole a Dios que nos «quite» las pruebas, como si la vida cristiana fuera un parque de diversiones sin complicaciones.
Pero el apóstol Santiago empieza su carta lanzándonos un balde de agua fría: «Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas».
Santiago no nos pide que seamos masoquistas ni que nos gocemos del dolor en sí mismo. Lo que nos pide es que tengamos la perspectiva correcta sobre el propósito que Dios tiene detrás del dolor.
La prueba no es para destruirte, es para purificarte
El texto dice: «sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia».
Dios no permite la prueba para aplastarte o porque se haya olvidado de ti; la permite porque es el único gimnasio espiritual donde se desarrolla la paciencia (que en el original significa resistencia, firmeza, capacidad de mantenerse en pie bajo la carga).
La fe que no es probada no es de fiar. Es muy fácil cantar y alabar a Dios cuando todo va bien, cuando hay dinero en la cuenta y salud en la familia. Pero la fe real, la fe que vale, es la que se demuestra cuando la tormenta te aprieta y tú sigues firme confiando en Cristo. Como dice la Escritura: «Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro… sea hallada en alabanza, gloria y honra» (1 Pedro 1:7).
Dios no quiere cristianos de cristal que se quiebran al primer problema; quiere hijos «sabios y cabales«, es decir, maduros, madurados al fuego de la prueba.
La sabiduría para no perder la cabeza y la trampa de dudar
Cuando estamos en medio del fuego, lo que más necesitamos no es salir corriendo, sino sabiduría para entender lo que Dios nos está enseñando.
Y el versículo 5 nos da la solución: «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche». Dios no te va a regañar por pedirle ayuda para entender la prueba; Él te va a dar la sabiduría que necesitas.
Pero Santiago pone una condición estricta en el versículo 6: «Pero pida con fe, no dudando nada«.
El que duda es comparado con las olas del mar, impulsadas y llevadas por el viento de un lado a otro. Hay cristianos que son exactamente así: hoy confían en Dios porque escucharon un buen sermón, pero mañana se desesperan porque vieron una mala noticia. Van y vienen. Un día le creen a la Promesa y al otro día le creen al problema.
El versículo 8 concluye con una sentencia tajante: «El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos». Dios no puede respaldar a alguien que juega a confiar un rato y a dudar el resto del tiempo.
Reflexión: Cambia la pregunta en medio de la prueba
La próxima vez que enfrentes un problema difícil, deja de preguntarle a Dios: «¿Por qué a mí, Señor?». Esa es la pregunta de un niño caprichoso.
Empieza a preguntarle con fe y reverencia: «¿Señor, QUÉ me quieres enseñar a través de esto? ¿Qué área de mi carácter necesitas pulir?«. Pídele la sabiduría para resistir, mantente firme sin dudar y deja que Dios complete Su obra de madurez en tu corazón.



