La soberbia del constructor

Cuando el hombre se roba la gloria (Proverbios 16:18)

“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.” — Proverbios 16:18

“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” — Santiago 4:6

La soberbia del constructor y la misericordia que sostiene los cimientos

El corazón humano tiene una fascinante y perversa capacidad para la ingratitud y la ceguera espiritual. Cuando la tierra se sacude violentamente y los edificios colapsan segando vidas inocentes —como lo hemos presenciado en tragedias desgarradoras en naciones hermanas como Colombia o Venezuela—, la reacción inmediata del hombre secular y del religioso «tibio» es levantar el puño al cielo, cuestionar la bondad del Creador y quejarse amargamente preguntando dónde estaba Dios.

Sin embargo, cuando la tierra se estremece con una magnitud impresionante de 7,5 —como ocurrió recientemente en Panamá— y de manera providencial no se derrumban rascacielos, no hay mortandad masiva y los daños resultan mínimos en comparación con la potencia destructiva del evento, la respuesta de la sociedad común no es doblar las rodillas en humilde gratitud, sino inflar el pecho con una grotezca altivez.

De la noche a la mañana, el discurso público se inunda de autoelogios: se ensalza la supuesta genialidad insuperable de los ingenieros locales, la estricta normativa arquitectónica y la bravura de la infraestructura humana, llegando incluso a la arrogancia de comparar despectivamente la tragedia ajena con el propio bienestar, como si la preservación de la vida se debiera al brazo del hombre y no a la pura benevolencia del Señor.

No pretendo desacreditar la excelencia profesional, la preparación técnica ni la disciplina del cálculo estructural; Dios mismo capacita y otorga talentos comunes a los seres humanos para construir con prudencia. Pero para el cristiano genuino, cruzar la línea de reconocer la buena mayordomía técnica para pasar a atribuirle la honra y la gloria a la autosuficiencia humana es un terreno espiritual sumamente peligroso.

La Escritura es categórica en el Salmos 127:1 al declarar: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia”.

Un terremoto de más de siete grados libera una energía que pulveriza la roca sólida en cuestión de segundos; si una torre de hormigón se mantuvo en pie no fue únicamente por el grosor de sus vigas de acero, sino porque el Dios soberano que mide los mares con el hueco de Su mano y pesa los montes con balanza decidió, en Su soberana paciencia y misericordia, frenar la catástrofe y guardar la vida de miles que tal vez aún no están preparados para pasar a la eternidad.

Robarse esa gloria para colocarla en la solapa de los arquitectos es exactamente la locura de Nabucodonosor en Babilonia cuando se paseaba por su palacio diciendo: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué con la fuerza de mi poder?” (Daniel 4:30), ignorando que mientras la palabra estaba aún en su boca, el juicio de Dios lo derribó de su trono a comer hierba con las bestias.

Las advertencias bíblicas de Proverbios 16:18 y Santiago 4:6 operan como dos muros de contención contra el veneno del orgullo: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu”. La soberbia es la antesala inexorable del desastre moral y físico; el que se cree intocable y autosuficiente está preparando el terreno para su propia ruina. Peor aún, Santiago utiliza un término militar cuando afirma que “Dios resiste a los soberbios”: el verbo original describe a un ejército formándose en orden de batalla en contra del orgulloso.

Dios no ignora la altivez; Dios se opone activamente a quien pretende arrebatarle Su trono. El profeta Isaías lo dejó registrado con fuego inextinguible: “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas” (Isaías 42:8). Pretender que la seguridad de una nación descansa en la pericia de sus científicos y no en la providencia del Altísimo es idolatrar la criatura antes que al Creador, una necedad que acarrea el endurecimiento de la conciencia y la retirada de la gracia común.

Es imperativo que el pueblo que profesa el nombre de Cristo despierte y no se contagie del triunfalismo vano de este siglo. Si la tierra tembló bajo tus pies y tus muros quedaron intactos, el único deber bíblico es caer rostro en tierra, reconocer que ha sido por las misericordias de Jehová que no fuimos consumidos y clamar por misericordia también por aquellos pueblos que lloran sus pérdidas en medio del escombro. 

Dejemos de aplaudir el barro del que estamos hechos y demos honra al Alfarero que nos sustenta. Porque llegará el día señalado en el que no solo una región sentirá el crujir de la falla tectónica, sino en el que “los cielos y la tierra serán conmovidos” en Su presencia soberana, y en ese día ningún rascacielos, ningún título universitario y ninguna obra de ingeniería podrá sostener al hombre soberbio; solo aquellos que se hayan humillado bajo la cruz de Cristo y hayan atribuido toda la gloria al Rey de reyes permanecerán firmes por la eternidad.