Un suspiro en el tiempo y el estruendo de la eternidad
El ser humano moderno vive bajo el engaño de una falsa sensación de permanencia. Planificamos los próximos veinte años, aseguramos bienes materiales, programamos agendas y construimos rutinas como si tuviéramos un pacto inquebrantable con el tiempo, ignorando con descaro que el pulso de nuestra existencia es tan frágil como la niebla matutina que se disipa con el primer golpe de calor.
Nadie tiene garantizada la respiración del próximo minuto: un accidente inesperado en la carretera, un coágulo silencioso en el torrente sanguíneo o una falla cardíaca fulminante bastan para desmantelar en un segundo todos los imperios terrenales y transportar a una persona ante el tribunal divino. Vivimos al borde mismo del abismo de la eternidad, pero la sociedad nos adormece para que nos preocupemos por todo, excepto por el destino definitivo de nuestra alma inmortal.
Frente a esta vulnerabilidad constante, el apóstol Pablo dirige a los creyentes de Tesalónica una enseñanza llena de consuelo soberano para el pueblo redimido, pero cargada con una advertencia temible para quien vive en rebelión.
El apóstol describe el acontecimiento culminante donde el Señor mismo descenderá del cielo: «Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen… Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él… Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.» (1 Tesalonicenses 4:13-17).
Para la iglesia fiel, este anuncio no es motivo de histeria, sino una esperanza viva e inquebrantable que disipa el dolor de la muerte terrenal. Sin embargo, ese mismo acontecimiento marca el cierre definitivo de la dispensación de la gracia para las naciones y el inicio de un juicio espantoso sobre los moradores de la tierra.
La tragedia de incontables almas radica en su complacencia espiritual.
Apenas unos versículos después, la Escritura advierte que el día del Señor llegará exactamente como un ladrón en medio de la oscuridad: cuando el mundo proclame con arrogancia tener paz y seguridad aseguradas, vendrá sobre ellos destrucción repentina, sin escapatoria posible.
Esta realidad hace eco directo de la parábola de las diez vírgenes: «Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes… Las sensatas tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!… Y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.» (Mateo 25:1-13).
Hay multitudes sentadas hoy en congregaciones que poseen una apariencia externa de religión, pero carecen del aceite del Espíritu Santo, de un arrepentimiento genuino y de una fe viva que guarde santidad.
Partir de esta tierra sin Cristo a través de la muerte física, o ser dejado atrás cuando resuene la trompeta del arrebatamiento, significa enfrentar el peso indescriptible de la justicia santa de un Dios al que se despreció en vida.
Fuera del amparo de la sangre del Cordero no existen segundas oportunidades, ni oraciones póstumas, ni refugios humanos que puedan mitigar el horror de la condenación eterna. El reloj de la providencia divina sigue avanzando con precisión implacable y cada amanecer nos sitúa más cerca del desenlace final.
La pregunta que debe sacudir hoy hasta los cimientos de tu conciencia no es cuántos bienes acumulas o qué posición ostentas en este mundo pasajero; la única cuestión vital es si tu nombre se encuentra inscrito en el libro de la vida, lavado por la gracia de Jesucristo y listo para comparecer ante Su presencia en cualquier instante.



