Alabado sea el nombre del Señor: Reflexión en Salmo 113:2-3

Alabado sea el nombre del Señor (Salmo 113:2-3)

“Sea el nombre de Jehová bendito Desde ahora y para siempre. Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, Sea alabado el nombre de Jehová.”Salmos 113:2-3

La adoración que no depende del pronóstico del tiempo

Vivimos en una cultura de adoradores condicionales y convenencieros. Nos resulta muy fácil levantar las manos, cantar con emoción y decir «gloria a Dios» cuando acabamos de recibir un aumento de sueldo, cuando el médico nos da un diagnóstico favorable, cuando no hay problemas en el matrimonio o cuando los proyectos marchan sobre ruedas.

Nos hemos acostumbrado a tratar la alabanza como una respuesta automática que le damos a Dios únicamente cuando las cosas salen exactamente como nosotros las planeamos, convirtiendo la adoración en una simple reacción a nuestras comodidades pasajeras y no en una respuesta a la eterna majestad de quien nos creó.

Sin embargo, el Salmo 113 nos saca de golpe de esa religiosidad muchas veces egoísta y superficial. El salmista no condiciona la alabanza a los vaivenes de nuestras emociones, al saldo de la cuenta bancaria ni a las circunstancias favorables del momento. Él establece dos coordenadas absolutas e innegociables: una en el tiempo (“desde ahora y para siempre”) y otra en el espacio y la rutina diaria (“desde el nacimiento del sol hasta donde se pone”).

La alabanza a Dios no es un evento de fin de semana reservado para las dos horas, o menos del culto dominical, ni una emoción mística que experimentamos solo cuando suena nuestra canción favorita; es una actitud continua, una postura del corazón y una disciplina de vida que debe mantenerse activa desde el primer minuto en que abrimos los ojos por la mañana hasta el último segundo antes de dormir, sin importar si el día trajo sol radiante o tormentas inesperadas.

La razón por la cual Dios es digno de ser alabado en todo momento no radica en lo que nos da o nos quita en un día específico, sino en quién es Él en Su esencia inmutable. Él es el Dios soberano, santo, justo y lleno de gracia que no cambia con las crisis de este mundo.

Cuando Job perdió sus posesiones, sus criados y a todos sus hijos en una sola tarde de tragedia incalculable, no cayó en la amargura ni maldijo a su Creador; la Escritura dice que rasgó su manto, se postró en tierra, adoró y declaró: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21). Job no alababa a Dios por el dolor de la pérdida, sino porque entendía que el Nombre del Señor sigue siendo infinitamente digno de honra aun en medio de las cenizas y el quebranto.

Cuando un cristiano aprende a alabar a Dios de manera continua, el veneno de la queja y el afán pierden todo su poder sobre su mente.

La murmuración nace cuando ponemos los ojos en lo que nos falta; la adoración verdadera florece cuando fijamos la mirada en la grandeza inagotable de Dios y en la salvación que nos otorgó por gracia a través de Cristo Jesús en la cruz.

Si hoy te levantaste enfrentando un diagnóstico difícil, una ruptura familiar, la escasez material o un desierto espiritual que parece no tener fin, no te encierres en la queja ni permitas que el desánimo te robe la voz. Decide voluntariamente bendecir el Nombre de Jehová en este instante, porque los problemas de esta tierra son temporales y pasajeros, pero la gloria y la misericordia de nuestro Dios permanecen para siempre.