Juan 13:34-35

La marca del verdadero discípulo (Juan 13:34-35)

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.”Juan 13:34-35

El carnet de identidad que ningún cristiano puede falsificar

Nos hemos acostumbrado a identificar a los cristianos por una infinidad de marcas externas: la forma de vestir, la música que escuchan, el vocabulario evangélico que utilizan, la versión de la Biblia que cargan bajo el brazo o la denominación a la que asisten los domingos.

Sin embargo, cuando el Señor Jesucristo estuvo a punto de ir a la cruz, no dejó como distintivo de su iglesia ninguno de esos elementos superficiales. Jesús no dijo que el mundo sabría quiénes son sus discípulos por el tamaño de sus templos, por la elocuencia de sus oraciones o por su capacidad para ganar debates teológicos en internet; Él estableció una sola señal innegociable e imposible de falsificar: el amor sacrificial y tangible entre unos y otros.

El contexto en el que Jesús pronuncia estas palabras le da un peso demoledor. No lo dijo en un momento de fiesta, sino en el aposento alto, la misma noche en que tomó una toalla, un lebrillo con agua y se agachó a lavar los pies sucios de los mismos discípulos que horas más tarde lo abandonarían, lo negarían y lo entregarían.

La medida del amor que Cristo demanda no es el cariño emocional o la simpatía humana que solo florece cuando la otra persona nos cae bien. La medida es Su propia entrega: “como yo os he amado”. Es un amor voluntario, que perdona la traición, que sirve sin esperar recompensa y que se pone al servicio del necesitado.

Este mandamiento cobra su mayor prueba de fuego en dos terrenos muy específicos que muchos creyentes convenientemente prefieren esquivar: la congregación y el hogar. El apóstol Pablo lo resumió con precisión milimétrica cuando escribió a los Gálatas: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Es muy fácil proclamar en el templo que amamos a la humanidad entera o enviar ofrendas para misiones al otro lado del planeta, pero qué difícil se nos hace visitar al hermano de la banca de atrás que se quedó sin trabajo, tenderle la mano al enfermo de la congregación o sobrellevar las debilidades de aquel hermano cuya personalidad nos resulta incómoda.

El amor bíblico no es un sentimiento etéreo; son hechos concretos de servicio y generosidad hacia el cuerpo de Cristo.

Y la otra mitad de este examen diario se juega dentro de las cuatro paredes de nuestra propia casa. La Escritura es tajante y no deja espacio para la doble moral: “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5:8). Cuántos cristianos tienen una reputación intachable de «santos» ante los hermanos de la iglesia, pero son tiranos, indiferentes o mezquinos con sus propios padres, hijos, cónyuges o hermanos de sangre porque estos aún no conocen al Señor o no comparten su fe.

Pretendemos justificar nuestra falta de afecto o nuestro abandono material diciendo que ellos son «del mundo», olvidando que el mayor sermón evangelístico que jamás escucharán tus familiares inconversos no son tus discursos religiosos, sino tu paciencia inquebrantable, tu honra, tu generosidad en sus momentos de crisis y tu servicio abnegado cuando nadie más los cuida.

El mundo que no cree en Dios está harto de escuchar palabras bonitas y doctrinas bien estructuradas que no van respaldadas por una vida de misericordia. La gente allá afuera no se va a convencer de la verdad del Evangelio porque discutamos con ellos con arrogancia moral; se van a convencer cuando una comunidad de creyentes modela el carácter de Cristo, que se cuidan mutuamente en la adversidad y que son capaces de amar, sostener y bendecir a sus familias incluso en medio del rechazo y la incomprensión.

Si hoy estás en conflicto con un hermano en la fe o has descuidado a los miembros de tu propia sangre, es tiempo de arrepentirte, dejar el orgullo a un lado y empezar a mostrar con obras el amor de Aquel que dio su vida entera por ti.