“Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres.” — Salmos 115:4
Si hiciéramos una encuesta rápida en nuestras iglesias preguntando cuántos de los presentes tienen una pequeña estatua de oro en su sala a la cual le prenden velas y le piden dirección antes de salir a trabajar, lo más probable es que nadie levante la mano. Vivimos en el siglo XXI; nos consideramos personas sofisticadas, lógicas y demasiado avanzadas como para postrarnos ante un pedazo de metal tallado.
Sin embargo, el peligro del que nos advierte el Salmo 115 no ha desaparecido. Ha cambiado de ropa, pero su esencia sigue intacta.
El espejismo de la antigüedad
Para entender la contundencia de las palabras del salmista, debemos viajar por un momento al contexto en el que se escribió este texto. Imagina a un israelita rodeado de naciones paganas. Los babilonios, los cananeos o los egipcios tenían templos imponentes. Si entrabas a uno de ellos, veías una imponente deidad hecha de madera fina, recubierta de oro reluciente y adornada con plata preciosa.
Para el ojo humano, eso era impresionante. Esas estatuas evocaban poder, riqueza y seguridad visible. El seguidor pagano de éstas estatuas podía decir: “Mira a mi dios, puedo verlo, puedo tocarlo, sé exactamente dónde está”. Mientras tanto, el Dios de Israel era invisible.
Pero el salmista, con una lógica aplastante y guiado por el Espíritu Santo, desnuda la realidad de esos monumentos: son plata y oro, obra de manos de hombres. En otras palabras, el adorador es superior a lo adorado. El hombre tuvo que ir a la mina, extraer el metal, fundirlo y darle forma. ¡Qué ironía tan trágica! El ser humano creando al ser que supuestamente lo va a salvar.
Los talleres modernos de fundición
Nosotros no tallamos madera ni fundimos bronce en nuestros salones, pero la fábrica del corazón humano —como bien decía el reformador Juan Calvino— sigue operando a tres turnos las veinticuatro horas del día. Hoy no llamamos a nuestros ídolos Baal o Ashtarot; los llamamos de otra manera.
- La cuenta bancaria: Buscamos en el dinero la paz y la seguridad que solo el Dios soberano puede darnos. Si la cuenta está con buenos números, dormimos tranquilos; si bajan, se nos va el sueño. Eso es idolatría.
- La validación digital: Construimos templos virtuales en nuestras redes sociales, esperando que los «me gusta» y los comentarios aprueben nuestra existencia y nos den el valor que solo la cruz de Cristo nos ha otorgado.
- La tecnología y el estatus: El último modelo de teléfono móvil, el automóvil del año, las etiquetas de las marcas o mis posesiones se convierten en los amuletos modernos que, según nuestra mente engañada, nos darán la relevancia que tanto anhelamos.
Al igual que en la antigüedad, el problema fundamental de estos ídolos modernos es que son mudos, ciegos y sordos. Tu cuenta de ahorros no puede consolarte en una noche de angustia en un hospital. El aplauso o “me gusta” de tus seguidores en internet no puede perdonar tus pecados ni limpiar tu conciencia. El éxito profesional no puede llenar el vacío infinito del alma humana.
El Dios que sí habla
Amigos y hermanos, la locura de la idolatría consiste en cambiar al Creador por las criaturas; cambiar al Dios vivo que nos formó, por cosas muertas que nosotros mismos le damos forma.
A diferencia de los ídolos de plata y oro, nuestro Dios no es obra de manos humanas. Él es quien, con el poder de su palabra, extendió los cielos y fundó la tierra. Él no necesita que lo carguen; Él nos carga a nosotros. Y lo más glorioso de todo: nuestro Dios no es mudo. Él ha hablado de manera definitiva en la persona de su Hijo, Jesucristo.
Cuando entendemos que en Cristo lo tenemos todo —identidad, seguridad, perdón y eternidad— los ídolos de este mundo pierden por completo su brillo. No busques en lo creado lo que solo puedes encontrar en el Creador.



